¡Qué glorioso lema para un hombre — «Vivo para Dios»! Es la definición más verdadera de la religión. Es la esencia de la bienaventuranza angélica — el principio motor de la acción angélica — «vosotros, sus ministros, que ejecutáis su placer». El Señor de los ángeles no conoció ningún motivo más alto, ningún otro. Fue, durante su encarnación — el regulador y el directorio de su diario existir. Lo sostuvo en medio de las depresivas tristezas de su senda desgastada de dolor. Lo sostuvo en su espantosa terminación en el huerto y en la cruz. Por un momento, la naturaleza humana que se hundía flaqueó bajo la carga que su divinidad sostenía; pero el pensamiento de «agradar a Dios» lo animó y reanimó. «No mi voluntad — sino la tuya, sea hecha.»
Solo cuando el amor de Dios es derramado en el corazón puede existir este animador deseo de «agradarle». En el santo pecho de Jesús, ese amor reinó soberano, sin admitir rival — ningún afecto competidor. Aunque infinitamente inferior en grado, es el mismo principio impulsor que lleva a su pueblo aún a vincular el gozo con su servicio, y que hace de la consagración a Él de corazón y de vida su propia mejor recompensa y galardón. Dice uno: «Cuando el amor a Dios ocupa habitualmente el lugar preeminente, o el lugar de la voluntad, reúne a su alrededor todos los demás deseos del alma como satélites, y los hace girar con él en su órbita alrededor del centro de atracción.» Hasta que el corazón, pues, sea cambiado, el creyente no puede tener este «testimonio de que agrada a Dios».
El mundo, el yo, el pecado — estos son los dioses del alma no regenerada. Y aun cuando renovada, ¡ay, que haya tantos reflujos y flujos en nuestra marea de devoción! Jesús podía decir: «Yo siempre hago las cosas que agradan al Padre.» La gloria a Dios ardía dentro de su pecho como un fuego viviente. «Las muchas aguas no podrían apagarlo.» Los suyos no eran estados y sentimientos intermitentes e inconstantes — sino el hábito persistente de una vida santa, que tenía un solo fin en vista, del cual nunca se apartó ni se desvió.
Que así sea, en alguna humilde medida, con nosotros. Que el servicio a Dios no sea meramente tiempos y estaciones señalados; sino, como el vaso de alabastro de perfume, estemos siempre desprendiendo la fragante esencia de la santidad. Aun cuando las sombras de la prueba caigan a nuestro alrededor, «pasemos a través de la nube» con el motivo sustentador — «¡Todo mi deseo, oh Dios, es agradarte y glorificarte! Sea dando o quitando — sea hiriendo o sanando — sea con la copa dulce o con la amarga — ¡Padre, glorifica tu nombre!»
«No quiero cansarme de los tratos de Dios conmigo», dijo Bickersteth en su lecho de muerte; «quiero glorificar a Jesús en ellos, y encontrarlo más precioso.» ¿Acaso retrocedo ante las pruebas — los deberes — las cruces — porque implican dificultades y negación propia, o porque el mundo las frunce? Baste el pensamiento del rostro aprobador de Dios. No tema yo censura alguna, si soy consciente de actuar conforme a su voluntad. Que la palabra admonitiva del Apóstol determine más de un camino perplejo — «Si aún agradare a los hombres — no sería siervo de Cristo».
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: PLEASING GOD
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.