Es una declaración muy solemne y enfática la que hace el apóstol Pablo cuando dice en una de sus epístolas: "Sin esperanza y sin Dios en el mundo." Este es el estado, no solo de aquellos que habitan en tierras paganas, cuyo entendimiento está entenebrecido, hallándose alienados de la vida de Dios por la ceguera de sus corazones, sino de todos los no regenerados, sin excepción alguna de condición o carácter. Hay un espíritu terrible de ateísmo que pervade las mentes de la gran masa de la humanidad. Síguelos a dondequiera que vayan, y la convicción se impone a todo observador imparcial de que esta es su verdadera condición. Sobre todos sus sentimientos y opiniones, todos sus propósitos y ocupaciones, todos sus tratos públicos y toda su comunión social en privado, podría escribirse: "Sin Dios en el mundo." No tienen sentido de la presencia divina; ninguna impresión real de Aquel en quien viven, se mueven y tienen su ser. Viven como si fueran en verdad habitantes de un mundo abandonado y huérfano; como si todo fuera fruto del mero azar, y cuanto sucede, ya sea en la historia de las naciones o de los individuos, no tuviera otra causa que la ciega e inescrutable casualidad. Aun cuando la desdichada doctrina del ateo se demostrara verdadera, difícilmente podrían excluir de sus mentes todo sentido de la Deidad con mayor plenitud de la que ya lo hacen.
Con el piadoso Salmista ocurría todo lo contrario. Él percibía la presencia de Dios de manera continua; sentía que Él estaba siempre cerca, rodeando su camino y su yacente, y cercándolo por detrás y por delante. Perseveró, como Moisés, como viendo al Invisible. Si alzaba los ojos a los cielos, allí lo veía; si contemplaba la tierra, allí lo hallaba; si se retiraba a lo más secreto de su propio pecho, allí lo sentía. Dios estaba de manera eminente en todos sus pensamientos. Y aquellos pensamientos no eran para él fuente de dolor, sino del más alto y puro deleite. Eran la atmósfera congenial de su ser espiritual. Eran el elemento moral que su alma respiraba, y por el cual era vigorizada, refrigerada y consolada.
Lector, ¿sabes tú lo que es tener un sentido habitual de la presencia de Dios? ¿Es el deseo de tu alma hacia su nombre y hacia el recuerdo de Él? ¿Te duele el vivir tan lejos de Él; el pensar tan poco en Él; el tener tan poco trato con Él? Oh, procura poseer una conciencia permanente de la gran verdad: ¡el ojo de Dios está siempre sobre ti! "Tú, Dios, me ves" fue la solemne — y a la vez dulce y sostenedora — convicción de Agar; y ojalá experimentes tú el mismo devoto sentir. Dondequiera que estés, y sea lo que fuere que estés haciendo, pon al Señor siempre delante de ti. Teniéndolo a tu diestra, cualesquiera que sean las dificultades y peligros que rodeen tu camino, ¡jamás serás conmovido!
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: Divine Recognition
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.