"Tus votos están sobre mí, oh Dios." Salmo 56:12
El recuerdo del hecho aquí declarado sería propicio, bajo la bendición divina, para conducir a importantes resultados prácticos.
En primer lugar, obraría como preservativo contra el pecado. Cuando asumimos los votos de Dios sobre nosotros, nos obligamos a someternos a Él como nuestro gran Soberano. Ahora bien, esto no podemos hacerlo a menos que tomemos sus estatutos por guía nuestra en todo y en todas las ocasiones. El pecado es la transgresión de la ley; de ahí la importancia de la verdad a la cual alude el Salmista siempre que somos tentados a cometer algún mal. Toda seducción al pecado debería ser respondida con la declaración: "¡Tus votos están sobre mí, oh Dios!" Y siempre que tu ley sea quebrantada por mí, mis propios votos solemnes son quebrantados también.
Al especificar algunos de los pecados a los que somos especialmente propensos, podemos mencionar en primer lugar el de retroceder, ya sea en el corazón o en la vida. "Oh alma mía, dijiste tú al Señor: Tú eres mi Señor." He aquí un voto solemne, o el entrar en un pacto directo con Dios, en virtud del cual Él ha declarado bondadosamente: "Tú eres mío." ¿Qué es, entonces, volverle la espalda, sino pisotear nuestros votos en el polvo y esparcirlos a los cuatro vientos?
Lector, ¿eres tentado a apartarte del Dios vivo? Siempre que tal tentación se presente, ¿no deberías decir al instante: ¿Cómo me atrevo? ¿No he prometido ser suyo para siempre? ¿No me he unido al Señor en pacto perpetuo que no será olvidado? Sea esta, pues, tu respuesta a toda tentación de afuera y a toda tendencia a retroceder de adentro: "Tus votos están sobre mí, oh Dios."
Otro pecado que puede mencionarse es la idolatría. Los judíos, al apartarse de Dios, lo hicieron para seguir ídolos; y con tal conducta transgredieron el pacto que habían hecho con Él. Y así es ahora. El gran ídolo del tiempo presente es el mundo, en sus riquezas y honores, sus placeres y pomposidades; un ídolo ante cuyo altar miríadas adoran diariamente. Ahora bien, a Dios y al mundo no se les puede honrar y amar al mismo tiempo. "No podéis servir a Dios y a las riquezas." Al trasladar mis afectos de Aquel que es solo digno de ellos, a los objetos perecederos del tiempo, soy culpable de traición, sí, de sacrilegio, y del peor género. Pensemos seriamente en esto. No olvidemos nunca de quién somos y a quién debemos servir. Y siempre que el mundo, en alguna de sus formas o modas, procure desviarme, mire al instante hacia arriba y diga: "¡Tus votos están sobre mí, oh Dios!"
El recordar nuevamente que los votos de Dios están sobre nosotros obraría también, con toda probabilidad, como un incentivo a la actividad y la consagración. El creyente, al entrar por primera vez en pacto con Dios, se comprometió a servirle. Entonces sintió que la ilimitada misericordia y gracia que se le habían manifestado, al arrebatarlo como un tizón del fuego, demandaban a cambio la consagración indivisa de todas sus potencias. Y el llamar a la memoria las resoluciones que entonces hizo, debe tener una tendencia directa a estimular sus energías dormidas y a reavivar las llamas de su amor y celo.
Aníbal, en sus días juveniles, fue requerido por su padre a hacer un voto solemne. Tuvo que jurar ante todos los dioses que mantendría una enemistad irreconciliable contra los romanos. El efecto de esto debió ser grande durante todos sus días venideros. ¿Era tentado alguna vez a relajar sus esfuerzos? El pensamiento de su voto se lo prohibiría al instante.
Y así debería ser con nosotros. Somos llamados a pelear las batallas del Señor; y si queremos ser soldados fieles de la cruz, pensemos a menudo en el tiempo en que subscribimos con nuestras manos al Señor, e hicimos votos al Dios poderoso de Jacob. Podemos desfallecer de vez en cuando; pero si sentimos toda la influencia de esta consideración, seguiremos todavía adelante.
Oh Dios, ayúdame a pagar mis votos a ti; aquellos votos que mis labios pronunciaron, y mi lengua habló cuando estaba en angustia. Con tu siervo de antaño, permíteme decir: "Ahora pagaré mis votos al Señor en presencia de todo su pueblo."
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: Vows Remembered
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.